¿Una nueva vara en el periodismo
uruguayo?
La entrevista
de Leonardo Haberkorn y Juanchi Hounie a Eduardo Lust en Doble Vía
terminó convirtiéndose en una polémica que excedió largamente las preguntas que
la originaron. Lo que comenzó como una conversación sobre la actualidad
política, las empresas públicas y otros asuntos derivó en una discusión sobre
las deudas del exdiputado, su situación profesional y, concluida la nota, los
límites del periodismo.
Por un lado, Lust
consideró que los periodistas habían cruzado una línea y tomó sus preguntas
como un intento de humillarlo. Haberkorn, por el otro, defendió la entrevista y
sostuvo que la información utilizada era pública y que conocer cómo los
políticos administran sus obligaciones económicas es un asunto de interés
público.
La posición
de los periodistas es entendible. Que una pregunta resulte incómoda o
pertenezca a la actividad privada del político no alcanza para excluirla del
escrutinio público, menos aún si se vincula a sus obligaciones económicas o
profesionales. El periodismo no está para garantizar entrevistas agradables,
sino para preguntar lo que otros preferirían ocultar y ofrecer al público
elementos para formar su propia opinión. Por supuesto, el límite es la
pertinencia y la razonabilidad, un criterio subjetivo que depende siempre de la
responsabilidad editorial de los periodistas y los medios.
También vale
la pena señalar un punto importante en la escena mediática uruguaya. Muchos nos
planteamos lo flojo, poco incisivo o complaciente que resulta buena parte del
periodismo uruguayo, tanto con los temas como con los entrevistados. Ante ello,
suena bastante ilógico ahora denostar simplemente una entrevista por “picante”.
En ese
sentido, también hay una diferencia importante entre cuestionar el criterio de
los periodistas y atribuirles intenciones que no se pueden demostrar. El propio
Lust reconoció que no podía probar las motivaciones, aunque mantuvo sus
críticas. Son dos cuestiones distintas: se puede discrepar con el enfoque
periodístico sin convertir esa discrepancia en una acusación sobre las
intenciones de quienes preguntan.
Pero hay algo
más interesante en esta controversia que la discusión sobre quién se excedió o
quién debió disculparse. El revuelo también obliga a preguntarse por qué una
entrevista de estas características genera semejante reacción y qué dice eso
sobre las expectativas que tenemos respecto del periodismo político.
Una parte de
la discusión parece girar alrededor de la percepción de que Lust recibió un
tratamiento diferente del que habitualmente reciben otros dirigentes. Si esa
percepción está justificada, o no, es algo que habría que evaluar a futuro. No
alcanza con afirmar que hubo un doble estándar; hay que demostrarlo. Sin
embargo, la pregunta merece ser formulada: ¿estamos acostumbrados a que los
periodistas sometan a todos los políticos al mismo grado de exigencia o
aceptamos que la intensidad del interrogatorio dependa de quién está sentado
frente al entrevistador?
Porque si el
problema es que se hicieron preguntas incómodas, la solución no puede consistir
en volver a las entrevistas complacientes. Y si el problema es que se aplican
criterios diferentes según el entrevistado, entonces la discusión no debería
resolverse reduciendo la exigencia, sino extendiéndola.
Al defender
públicamente su derecho a formular esas preguntas, Haberkorn y Hounie
reivindicaron una determinada forma de ejercer la profesión. Ahora deberán
sostener esa vara. El verdadero desafío no consiste en buscar situaciones
similares para demostrar que tenían razón, sino en aplicar el mismo rigor a
todos los dirigentes, oficialistas u opositores, sin confundir la afinidad
ideológica con el criterio profesional. Si la exigencia se mantiene en el
tiempo, esta entrevista habrá contribuido a elevar el nivel del periodismo
político. Si no, quedará como un episodio aislado, incapaz de modificar una
práctica que muchos consideran demasiado complaciente.
Existe,
además, otra dimensión de la transparencia: conocer quiénes son convocados a
participar de entrevistas y debates políticos, quiénes declinan las
invitaciones y qué motivos dan para hacerlo, cuando estos se conocen. Los
medios podrían contribuir a esa transparencia informando de manera verificable
sobre sus convocatorias y las respuestas recibidas. No se trata de convertir
cada negativa en una sospecha ni de cuestionar el derecho a no participar, sino
de distinguir entre quienes no fueron convocados, quienes rechazaron una
invitación, que argumentos se dieron, y de hacer más visible cómo se construye
el debate público.
La polémica
entre Lust y los conductores de Doble Vía terminará perdiéndose en el
ruido de la coyuntura, pero deja una oportunidad duradera para revisar las
reglas del juego. El periodismo necesita preguntar sin que la incomodidad del
entrevistado se traduzca en una acusación sobre sus intenciones; pero también
debe demostrar que sus criterios son consistentes y no dependen de quién esté
sentado enfrente. La transparencia reclamada a los gobernantes debe extenderse
a las condiciones en que se construye el propio espacio público. Solo así
discutiremos menos sobre las supuestas agendas de los periodistas y más sobre
la calidad de las preguntas, el valor de las respuestas y la información que
finalmente llega a los ciudadanos.

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