viernes, 16 de octubre de 2026

 

¿Una nueva vara en el periodismo uruguayo?

 



La entrevista de Leonardo Haberkorn y Juanchi Hounie a Eduardo Lust en Doble Vía terminó convirtiéndose en una polémica que excedió largamente las preguntas que la originaron. Lo que comenzó como una conversación sobre la actualidad política, las empresas públicas y otros asuntos derivó en una discusión sobre las deudas del exdiputado, su situación profesional y, concluida la nota, los límites del periodismo.

Por un lado, Lust consideró que los periodistas habían cruzado una línea y tomó sus preguntas como un intento de humillarlo. Haberkorn, por el otro, defendió la entrevista y sostuvo que la información utilizada era pública y que conocer cómo los políticos administran sus obligaciones económicas es un asunto de interés público.

La posición de los periodistas es entendible. Que una pregunta resulte incómoda o pertenezca a la actividad privada del político no alcanza para excluirla del escrutinio público, menos aún si se vincula a sus obligaciones económicas o profesionales. El periodismo no está para garantizar entrevistas agradables, sino para preguntar lo que otros preferirían ocultar y ofrecer al público elementos para formar su propia opinión. Por supuesto, el límite es la pertinencia y la razonabilidad, un criterio subjetivo que depende siempre de la responsabilidad editorial de los periodistas y los medios.

También vale la pena señalar un punto importante en la escena mediática uruguaya. Muchos nos planteamos lo flojo, poco incisivo o complaciente que resulta buena parte del periodismo uruguayo, tanto con los temas como con los entrevistados. Ante ello, suena bastante ilógico ahora denostar simplemente una entrevista por “picante”.

En ese sentido, también hay una diferencia importante entre cuestionar el criterio de los periodistas y atribuirles intenciones que no se pueden demostrar. El propio Lust reconoció que no podía probar las motivaciones, aunque mantuvo sus críticas. Son dos cuestiones distintas: se puede discrepar con el enfoque periodístico sin convertir esa discrepancia en una acusación sobre las intenciones de quienes preguntan.

Pero hay algo más interesante en esta controversia que la discusión sobre quién se excedió o quién debió disculparse. El revuelo también obliga a preguntarse por qué una entrevista de estas características genera semejante reacción y qué dice eso sobre las expectativas que tenemos respecto del periodismo político.

Una parte de la discusión parece girar alrededor de la percepción de que Lust recibió un tratamiento diferente del que habitualmente reciben otros dirigentes. Si esa percepción está justificada, o no, es algo que habría que evaluar a futuro. No alcanza con afirmar que hubo un doble estándar; hay que demostrarlo. Sin embargo, la pregunta merece ser formulada: ¿estamos acostumbrados a que los periodistas sometan a todos los políticos al mismo grado de exigencia o aceptamos que la intensidad del interrogatorio dependa de quién está sentado frente al entrevistador?

Porque si el problema es que se hicieron preguntas incómodas, la solución no puede consistir en volver a las entrevistas complacientes. Y si el problema es que se aplican criterios diferentes según el entrevistado, entonces la discusión no debería resolverse reduciendo la exigencia, sino extendiéndola.

Al defender públicamente su derecho a formular esas preguntas, Haberkorn y Hounie reivindicaron una determinada forma de ejercer la profesión. Ahora deberán sostener esa vara. El verdadero desafío no consiste en buscar situaciones similares para demostrar que tenían razón, sino en aplicar el mismo rigor a todos los dirigentes, oficialistas u opositores, sin confundir la afinidad ideológica con el criterio profesional. Si la exigencia se mantiene en el tiempo, esta entrevista habrá contribuido a elevar el nivel del periodismo político. Si no, quedará como un episodio aislado, incapaz de modificar una práctica que muchos consideran demasiado complaciente.

Existe, además, otra dimensión de la transparencia: conocer quiénes son convocados a participar de entrevistas y debates políticos, quiénes declinan las invitaciones y qué motivos dan para hacerlo, cuando estos se conocen. Los medios podrían contribuir a esa transparencia informando de manera verificable sobre sus convocatorias y las respuestas recibidas. No se trata de convertir cada negativa en una sospecha ni de cuestionar el derecho a no participar, sino de distinguir entre quienes no fueron convocados, quienes rechazaron una invitación, que argumentos se dieron, y de hacer más visible cómo se construye el debate público.

La polémica entre Lust y los conductores de Doble Vía terminará perdiéndose en el ruido de la coyuntura, pero deja una oportunidad duradera para revisar las reglas del juego. El periodismo necesita preguntar sin que la incomodidad del entrevistado se traduzca en una acusación sobre sus intenciones; pero también debe demostrar que sus criterios son consistentes y no dependen de quién esté sentado enfrente. La transparencia reclamada a los gobernantes debe extenderse a las condiciones en que se construye el propio espacio público. Solo así discutiremos menos sobre las supuestas agendas de los periodistas y más sobre la calidad de las preguntas, el valor de las respuestas y la información que finalmente llega a los ciudadanos.

 

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