miércoles, 14 de octubre de 2026

 

Elecciones en Brasil:
¿Para quién fue una sorpresa?


Una vez más, y ya perdimos la cuenta de cuántas veces van, buena parte del sistema político y mediático uruguayo parece sorprendido por el resultado de una elección que no debería haber sido tan difícil de imaginar.

Que las encuestas fallaron, que la gente está descreída, o que las redes sociales y la inteligencia artificial radicalizaron a los votantes. Con esos argumentos, y con muchos otros, dirigentes, militantes y comunicadores frenteamplistas intentan explicar la derrota de Lula da Silva ante Flávio Bolsonaro.

Pero la sorpresa parece estar más en quienes interpretan la realidad que en el resultado mismo. Las últimas encuestas ya mostraban que la ventaja de Lula se reducía y que el escenario era mucho más competitivo de lo que durante meses se quiso admitir.

Y había, además, un antecedente que debería haber obligado a mirar con más atención.

En 2022, Lula ganó la presidencia por menos de dos puntos. Bolsonaro había enfrentado la pandemia, una fuerte oposición política, económica y mediática, una campaña internacional de desgaste y encuestas que anticipaban mayor diferencia. Aun así, perdió con lo justo.

A partir de ahí, había al menos cinco razones para considerar seriamente que Lula podía no ganar la primera vuelta.

La primera es Lula y la corrupción.

Para una parte importante de la sociedad brasileña, Lula y el PT siguen estando asociados a la corrupción. Particularmente, Lula no fue declarado inocente: sus condenas fueron anuladas por razones procesales que permitieron su regreso a la competencia electoral.

A su vez, para la izquierda latinoamericana, aquello significó la restitución de un dirigente que había sido apartado injustamente. Pero para una parte importante de los brasileños, significó algo muy diferente: que el dirigente que representaba una enorme controversia política y judicial volvía a competir por la presidencia.

Y en esa competencia electoral, los brasileños eran testigos de una gran paradoja: ahora Lula era apalancado por la mayoría de un establishment político, económico y mediático, que durante décadas lo había resistido y al que él había denostado. 

Lula volvió y ganó, pero la controversia que rodeó su regreso nunca desapareció. 


La segunda razón es la crisis institucional.

El accionar del Supremo Tribunal Federal y, especialmente, de Alexandre de Moraes, dejó una parte de la sociedad brasileña con la sensación de que el Poder Judicial había adquirido un poder político injustificable.

Bolsonaro fue inhabilitado, sufrió restricciones políticas, terminó preso, y hoy no puede ejercer su liderazgo político por decisión judicial. El caso puede discutirse, pero resulta difícil negar que todo esto debe generar dudas desde el punto de vista de la libertad de expresión.

Y resulta especialmente llamativo que quienes durante años denunciaron el lawfare como una herramienta de persecución política parezcan considerar que el concepto deja de ser relevante cuando el dirigente afectado pertenece al otro lado del espectro político.

A eso se suman controversias como la del Banco Master y la incorporación al máximo tribunal de justicia brasileño de Cristiano Zanin, abogado personal de Lula durante los juicios en su contra. Todo ello alimenta una percepción de concentración de poder y de falta de independencia que la izquierda brasileña no logró disipar.


La tercera razón es económica.

Desde el exterior puede presentarse una imagen favorable de la economía brasileña. Pero una elección no la votan los indicadores macroeconómicos: la votan personas que pagan sus cuentas.

El déficit fiscal, las tasas de interés elevadas, el endeudamiento, y el aumento del costo de vida afectan directamente a las familias brasileñas. A eso se suma la caída de la inversión privada y una desaceleración del crecimiento económico en pleno año electoral.

La sensación de que cada vez cuesta más llegar a fin de mes puede pesar mucho más en una elección que cualquier relato sobre los éxitos macroeconómicos de un gobierno.


La cuarta razón es la inseguridad.

Los brasileños viven cotidianamente el problema de la violencia y del crimen organizado. Las grandes ciudades enfrentan una situación que buena parte de la población considera insostenible, mientras algunas de las organizaciones criminales más poderosas de la región tienen su origen en Brasil.

El PT, como buena parte de la izquierda latinoamericana, no logra convencer a gran parte del electorado de tener una respuesta eficaz frente al problema. Y cuando la inseguridad se convierte en una experiencia cotidiana, las explicaciones ideológicas dejan de alcanzar.

 

La quinta razón es Flávio Bolsonaro.

Flávio Bolsonaro no es Jair Bolsonaro.

Es una figura más moderada, políticamente más pragmática y con mayor capacidad de negociación con los partidos de centro, especialmente con el centrão. También evitó buena parte de los enfrentamientos y declaraciones explosivas que caracterizaron a su padre.

No reniega de la batalla cultural, pero su campaña puso mayor énfasis en la economía y en las reformas. Esa combinación le permite conservar el núcleo del electorado bolsonarista y, al mismo tiempo, intentar ampliar su alcance.

Ese puede ser el dato político más importante de todos: el bolsonarismo dejó de depender exclusivamente de Jair Bolsonaro.

Un detalle que no debe dejar de mencionarse al analizar el resultado de la primera vuelta, es que Flavio Bolsonaro ganó afirmando públicamente que va a indultar a su padre y al resto de los condenados por el intento de “golpe de estado” de 2023.

Por eso, el resultado brasileño no parece el fruto de un algoritmo inexplicable ni de una anomalía electoral. Es la consecuencia de una combinación bastante concreta: un gobierno desgastado, una oposición competitiva, problemas económicos, inseguridad, una fuerte discusión institucional y una derecha que encontró una forma más pragmática de ampliar el electorado construido por Bolsonaro.

El PT pagó el precio de todos esos problemas en las urnas. Quizás la verdadera sorpresa, entonces, no estuvo en Brasil, sino en quienes, teniendo en frente todos esos elementos, siguieron convencidos de que el resultado no podía ser otro.

Y ahí aparece un problema que excede a Brasil. Una parte de la izquierda latinoamericana sigue interpretando las elecciones a partir de sus propias categorías. Cuando gana la izquierda, la sociedad avanzó. Cuando pierde, fallaron las encuestas, las redes manipularon, la derecha radicalizó el debate o los votantes fueron engañados.

Siempre aparece una explicación externa.

Quizás convenga empezar por una más sencilla: los electores también pueden estar en desacuerdo con su relato.

Y cuando eso ocurre, ningún liderazgo, ningún algoritmo ni ninguna interpretación ideológica pueden sustituir a la realidad.